------La línea

Por qué decir si,

si lo que queremos

es decir no.

Ya están listas las editoriales.

Ya está elegido el color del

                                cuarteto.

Nos hablarán de las bondades...

Y nosotros, por qué decir sí,

si lo que queremos es decir no.

Cuántos dedos hacen falta hacen falta

                           para denunciar,

cuántos intelectuales

para redactar un manifiesto.

Y nosotros, por qué decir sí,   

si lo que queremos es decir no.

La mesa donde firmarán los acuerdos

la terminó el carpintero.

A la nuestra le falta una pata.

Pero, por qué decir que sí,

si lo que queremos es decir que no.

Desde el Hospital de las Cinco Llagas

se preparan para

sedarnos otros veinticinco años.

Y nosotros, por qué decir sí,

si lo que queremos es decir no.

Hay un día

y una hora.

No he contado

los invitados, pero nuestra

historia no se escribirá

si queriendo decir no

decimos sí.

 

      Violeta Sorroche Puga, Almería

 

 

 

Los locos y el fuego

¿Quién encendió la cerilla? –preguntó el inspector.

Fue el carpintero –una voz. 

No, fue el maestro –otra voz.

 

¿Quién abrió la puerta? –de nuevo el inspector.

El viento –respondió el testigo.

 

¿Quién vertió la gasolina?

Era agua... cambiaron el recipiente –contestó la periodista despistada.

 

¿Alguien vio llorar al hombre del traje negro?

Todos, le vimos todos. Él y ella, descompuestos, enfermos, sin máscaras

frente a las cámaras, lloraban.

Perdieron la lista, la corneta no sonó, no funcionó nada, sólo ellos, ni ellos,

sólo una parte del régimen respondió.

Las cinco llagas sangraban

mientras los panfletos intentaban

taponar las heridas.

 

¿Pero quién encendió la cerilla?

Los locos, un puñado de

locos llenos de cordura sin

apenas ideas, con algunos

sueños. Fueron los locos.

 

En la oscuridad, en la soledad,

la luz es más intensa y el sonido se

propaga más allá.

 

El resto lo hizo el viento, el carpintero,

el viejo profesor, el desclasado

y el que abrió la puerta.

Lo demás lo puso el régimen.

 

Ellos, al calor de las bodegas,

entre los despachos acristalados,

en las cartas al director,

en los mercados de abastos,

en las grandes superficies comerciales,

en la multitud de los estadios de fútbol...

fueron prendiendo cerillas.

 

¿Quién encendió la primera cerilla? –de nuevo el inspector.

Quién sabe, acaso mi amigo el periodista

o aquel abogado laboralista.

Quién sabe, qué importa...

mientras la llama no se apague.

 

¡Seguid prendiendo ideas, seguid agrupando nudos, seguid tejiendo red!

 

“De Ronda vengo lo mío buscando...”

 

Violeta Sorroche Puga, Almería